(el fin de la lectura: 6 reflexiones transgénicas)
"... El instante de la decisión es una locura..."
(Soren Kierkegaard)
Woody Allen escribió en alguno de sus guiones cinematográficos que leía en defensa propia, pero he comenzado a pensar que leer también es una agresión. La información es una arma potente -lo intuía bien Alvin Toffler- pero pareciera que tenerla no tanto, la fuerza increíble es generarla, como un medio de dominio aunque no sea verdadera. Esto vale para los diarios, las revistas, las novelas, los libros de historia y de poesía. La lectura es una autoagresión higiénica, limpiecita y algo indolora. Una suerte de profiláctico poco usado o con mucho uso para defendernos y aprovecharnos de las palabras. Por eso he decidido leer cada vez menos los tradicionales medios de información. Una vez divorciado de los diarios y los libros he comenzado a leer prolijamente otras fuentes de información que me parecieron más verídicas y que están en el cotidiano inmediato y que, comúnmente, nadie lee: las instrucciones de uso de los electrodomésticos, las recetas que vienen en los polvos de hornear y los juegos, las revistas de puzzles, el rastro... y el papel envoltorio de la carta higiénica. Las presentes reflexiones son parte de la mínima y sana autoagresión cotidiana.
1 Mostrar-se:
En la cultura de la imagen lo más importante es mostrarse. Cada uno es protagonista de su exhibición y la literatura que venga de ahí conforma lo que llamamos información relativamente confiable. Andy Wharhol decía que cada persona tendrá unos 15 minutos de fama. Lo que se demoren los pacos en arrestarlo si uno se demora en desvestirse en la vía pública, la media para un orgasmo femenino, el tiempo que demora captar como se articula un origami, o lo que cualquier persona relativamente normal soporta una película de Stalone, un reality o el programa de la Vivi Kreutzberger. La Tv nos ha enseñado que lo que no se muestra no existe. En toda escala afirmamos la existencia, con el auto que manejamos, los cigarros que fumamos o la gente que frecuentamos. No nos mostramos como una apariencia sino que, sorprendentemente, aparecemos como lo que somos: en superficie, ni siquiera superficiales. Pero mala cueva, si no sabes pensar sal a bailar. Amén.
2. exhibir-se
Las narraciones de la cotidianeidad quedan siempre en boca del "enterado/a" del barrio. Corrientemente ese oficio se lo achacamos a las mujeres, pero la verdad es que admite un ejercicio mixto. La información (verídica, supuesta y cahuinera) emerge en sus dimensiones más sabrosas a partir de esta gente. La dinámica funciona más o menos así: por una parte están los que se exhiben, natural o discretamente, y por otro el "enterado/a", que conoce al dedillo la vida de los que viven en su entorno y por quienes narra el devenir de un pequeño mundo a sus propios habitantes. Nadie se aburre. Este narrador conoce entradas y salidas, relaciones y desrelaciones, los problemas y aflicciones de cada uno, las enfermedades, los problemas sociales, las cartas que reciben, a qué horas se acuestan y con quien... y si no los saben, urden las redes necesarias para informar. Siempre este narrador posee un areópago donde ventilar sus historias y esgrimir su lengua, puede ser el bar, el negocio del pan, el "puestos varios" de la cuadra o simplemente la calle cada tarde cuando la barre o riega las plantitas que ornamentan sus destrezas cuentísticas y cuenteras. Pero la verdad es que no hay una hora para sus relatos, como no hay manera de no escucharlos. Este testigo calificado de la vida de los otros, debe cada día hacer contorsiones increíbles para obtener la materia prima que procesará para hacer que sus consistentes narraciones no guateen. Y lo saben todo y en eso nadie les gana. Y de algún modo hacen las veces de novelistas multiusos, entre las redes de las mezquinas significaciones, persiguiendo en los detalles más mínimos a quienes piensan que sus vidas no pudieran contener ningún atractivo.
Muchos de nuestros escritores, de preferencia periodistas y novelistas, se confunden entre la literatura y los cuentos de vieja/o enterada/o. Pero debemos reconocerles que, como el Sapo Livingstone en sus mejores años, atrapan al boleo la realidad en sus más mezquinas significaciones. Como sabuesos persiguen los detalles más mínimos de una vida nimia, para llevarle hasta el formato narración -que con culo será un filme- y volverla algo prodigioso. Como buzos tácticos escrutan en las conciencias de los más antiguas en busca de detalles que permitan mostrar a las personas en sus verdades más desnudas, las que, casi siempre coinciden con las miserias más exquisitas o burdas. Todo para vaciar la imagen y dejar en el vacío a los que tratan de creer en algo. O peor entretener, divertir, para después olvidar. Suena casi al programa de la democracia en Chile. Así el arte de narrar se ha transformado en una cada vez más articulada nomenclatura de chismes que conducen, como textos ánimos a terminar pensando escuetamente como los futbolistas, o pero con una verborrea digna de Lavín o de la doctora Cordero.
3. destapar-se
El gran Albert Camus se dio a pensar el suicidio como una experiencia pedagógica, una suerte de iniciación a la nada, y como buen teórico se murió de viejo o enfermo y no comprobó nunca su teoría. Otro iluminado fue Émile Durkheim, para quien quitarse la vida es el gesto absoluto. Se olvidaba que absoluto (y relativo) son términos abstractos que apelan a cosas que siempre se escapan de la comprensión. Seguramente matarse es absoluto por el hecho que después de haberlo hecho no podemos, ni nos queda, nada por hacer. Por otra parte no falta la manga de histéricos que creen religiosamente que las tendencias suicidas crecieran con el progreso o con la difusión de herejías y el fin de éticas que no responden a las siempre nuevas y permanente mutantes necesidades humanas.
Aunque debemos reconocer que Durkheim al exponer simulacros y realidades muestra cómo el hombre, en su necesidad de significar, amenaza al mundo con morir. Durkheim, ingenuamente, crea estadísticas de las "anomalías" suicidas, que descubren aspectos de la soledad y la incomunicación en el contexto de lo que podríamos llamar moderno. Suicidio y locura fueron sinónimos por mucho tiempo, Durkheim descubre otra dimensión del suicidio: el altruista, la muerte como sacrificio en aras de un ideal. Diferenciándolo del suicidio egoísta. Quien se mata por un ideal posee un estado mental superior de quien se niega a participar del mundo. El suicidio tiene más de una connotación social. El suicida trata de llevar tras de sí a todos los que le han querido y odiado. Es un acto de venganza porque la vida es insoportable y vale callampa. A mi juicio son pelotudeces, siempre existe una curiosidad del hombre por conocer la muerte, como si fuera última respuesta a los interrogantes filosóficos y existenciales que sólo llevan a mayores incertidumbres. Como si la muerte fuera algo definitivo, como si de verdad existiese.
4. conservar-se
Una señora, en una calle de Roma le niega una moneda a un discapacitado sostenido en dos muletas. La vieja amarrete se enreda en la vereda y se cae, a lo que el discapacitado aparente abandona las muletas y responde con un salto acrobático atajándola para que no se descreste contra el suelo. La señora no se cae del todo, agradece el gesto y le da una moneda, mientras el aparente lisiado satisfecho retorna a sus muletas para seguir pidiendo. Así es como va el mundo.
5. preservar-se
En un negocio de Roma ofrecen una liquidación de muñecas de poliuretano. El aviso las describe gráficamente: con temperatura regulable, senos fuertes y suaves, vello púbico, lengua adaptable a las necesidades del cliente, pelucas intercambiables y un suntuoso vestuario (que se vende por separado) que no tienen nada de envidiar a las mujeres reales y en condiciones de desplazarlas en un deslizamiento de la función de la réplica hacia la entidad real. Las muñecas, advierte el mismo anuncio, no están en grado de reemplazar la mujer, son la mujer. Concebidas para consuelo de los más tímidos, inexpertos, solitarios empedernidos y cansados de tener que oír a sus mujeres, pagar sus cuentas y soportar a su madre o a sus amigas. El pack es conveniente porque incluye un bombín eléctrico y algunas de las piezas intercambiables. Hordas de compradores sitian el Sex-Shop que las ofrece.
Pareciera ser que nada mejor que una muñeca como amante. Se trata nada menos del sueño masculino: la mujer como un objeto domesticable, que no ofrece resistencia, se amolda a los deseos íntimos e inconfesables. Como no habla, no puede enjuiciar, cuestionar ni decidir. La muñeca es un objeto perfecto, la solución ante el forcejeo de los sexos en la lucha por el poder. El precio es bastante caro: el hombre que elige una muñeca renuncia a la comunicación. La soledad aguarda detrás del poliuretano. Ante la relativa imposibilidad e incomodidad de convertir las mujeres en muñecas de carne, a precios de Mastercard Gold, ahora las tenemos de poliuretano a la alcance de todos los bolsillos. Ya no serán más las niñitas las que jugaran con ellas, sino los caballeros, los ancianos y ancianas, los inválidos y los feos, lo que significa la democratización equitativa del placer sexual. Además de tener permanentemente senos hermosos; son higiénicas, lavables, no contagiosas (olvidémonos del terror al SIDA), con tres orificios útiles y utilizables, con lengua, con deliciosas caderas, sin regla cada mes, negadas al embarazo y dispuestas a vivir, hasta el fin de nuestra vida de deseo, cómodamente en un armario. Un sueño eterno del hombre que seguramente Mattel ha hecho realidad para nosotros.
6. desconectar-se
Hace un tiempo atrás, en el programa "Biografías" del canal 13 , la modelo (confiemos en que sea eso) y estudiante de periodismo Daniella Campos, se lamentaba de que su nombre fuera un producto de comercio, algo que la vende y que no da cuenta de lo que es ella realmente, que le gustaría cambiarse de nombre (supongo que de barrio y de ciudad) para sentirse más libre... insistió que ella no era un producto comercial. Al otro día el agudo periodista de espectáculos Ricarte Soto, en el matinal de televisión nacional de Chile, señalo lúcidamente que si ella no ha entendido que su nombre (y el resto en consecuencia) no es un producto, tiene que pedirle a su representante que se lo explique. Acto seguido apagué la televisión y me di una buena e inconsciente siesta.
Tito Fernández Cubillos, Roma del 2005 para el 2006, en marzo día 3 un viernes de Cuaresma en cama.