Esa idiota verdad
Esa idiota verdad
La repetición incansable
Hay un modo de relacionarse que es parte de la estructura interna de occidente y de los occidentales. Incluso de nosotros, latinoamericanos no occidentales dominados.
Se trata del gusto por la verdad. Por todas las instituciones encontramos el discurso de la verdad. Se trata de un tesoro cuidadosamente oculto, subterráneo y todos jugamos a encontrarlo, usando tácnicas y tecnologías de extracción escrupulosamente preparadas, construidas y ensayadas. Usamos procedimientos, discursos, modelos, herramientas esmeradamente afiladas para penetrar en las capas que envuelven el secreto. A toda costa debe ser develado, desenterrado. Hemos construido una arqueología de la verdad que se expresa en todo el sistema de saber. No sólo la ciencia del laboratorio o del análisis social, sino también la metafísica, la educación, las personas; en fin, un ejército de artefactos dispuestos a la extirpación de la verdad, al desarraigo; y por el contrario, a la supresión del error, a la eliminación de las distorsiones, a la segregación de los elementos desviados. Ese es el propósito de todo discurso, el anhelo de las instituciones, la meta emprendida en occidente hace ya algunos siglos.
Digo que no sólo la ciencia -esa del laboratorio- está empeñada en el hito de la verdad; sino que toda institución ha construido su propio discurso de verdad a tal nivel que se ha fijado como plan estratégico e incluso como norte ético. La escuela es templo del saber, dice la frase cliché que sirve para grabar en las conciencias de los alumnos el código de la búsqueda de la verdad. En la escuela esa verdad no sólo se aprende en el discurso del erudito sino sobre todo en el juego de relaciones de poder. La figura del "director" no es únicamente quien dirige la escuela, sino también quien, en última instancia, interroga e interpreta la verdad de la indisciplina. La figura del "inspector" es su instrumento. Él se encarga al final, de contorsionar al alumno mediante la instauración de un mecanismo de miedo y delación. En mi colegio aprendíamos con el inspector que ante la extracción de la verdad de un delito no importa ni la amistad ni la lealtad; ellas debían rendirse frente a los mecanismos excavativos de la verdad. Lentamente nos volvíamos todos bien enemigos o bien cómplices en la oscuridad del error.
Allá en la escuela transmite la cultura su script inteligente, su robot reproductivo, su lógica paleontológica que actúa destruyendo lo que parezca opacar la verdad, su búsqueda o su simulación. La verdad -se aprende así- está al margen de todas sus relaciones. Se la trata como una isla, sin contexto, sin matices, sin oscuridades, sin misterios, sin variabilidades. La salida del sistema educacional comporta dos tipos: unos expertos en la tecnología de la extracción de la verdad y otros prontos a la dicción de la verdad. Entre ellos una relación de dominación y de poder. Relación que se reproducirá incansablemente en las otras instituciones, en los otros planos de la vida social.
El miedo a caer
Hay un aprendizaje que realizar en la vida. Aprender a caer. Hacerle frente al error como algo cotidiano, humano; incluso no separado de la verdad. Volverse amante del ensayo, de la exploración caótica de las periferias de los modelos de verdad aprendidos. ¿Por qué se hace difícil esa exploración no arqueológica, no extractiva de la vida? Supongo que hemos llegado a detestar el error y ante todo estorba el secreto, irrita el misterio, impacienta el enigma y fascina lo esotérico como forma final (y no menos paradójica) de victoria sobre lo oculto. En todo caso, hay algo más propio del funcionamiento de la verdad en los términos de desvelamiento arqueológico. Se trata del miedo, del terror con que se asocia con la extracción de la verdad.
Entre los tropos simbólicos que implantan la relación verdad-terror está la piedra de la locura. Varias pinturas holandesas del siglo XVII muestran un médico trepanando la frente de un hombre vivo, supuestamente loco, con el fin de extraer la "verdad" de su locura: una piedra implantada en su cerebro; una monja y un sacerdote completan a veces la composición del cuadro. Muchos críticos de arte interpretan esos cuadros como un sarcasmo a la ignorancia de la época. Pero también puede perfectamente representar la actitud occidental de la búsqueda de la verdad. Ese es el paradigma de la búsqueda arqueológica de la verdad, la destrucción del individuo para lograr conocerlo: análisis, disección, desaparición de los que son sometidos a las presiones de los instrumentos cortantes del conocimiento.
Primer ejemplo: el cometa Temple. Hace pocos días las agencias espaciales realizaron un procedimiento experimental que les permitirá el acceso a la verdad de la formación del universo. Si uno coloca en una serie los elementos del experimento aparecen cosas interesantes: un misil se lanza desde la tierra para penetrar en el corazón del cometa; pero no se puede penetrar en él sin antes destruirlo por completo. El misil ha sido construido de cobre, material cuidadosamente extirpado de la tierra; pero no se puede extraer sin destruir y penetrar la tierra. La desintegración del cometa la hemos visto en tiempo real mediante cámaras estratégicamente dispuestas; observatorios calculadamente situados; instrumentos prolijamente calibrados: todas herramientas que ya habíamos visto en los esmerados y precisos bombardeos británico-americanos en la guerra del golfo, en Afganistán y en Irak pero que también vemos en las no menos dirigidas intervenciones quirúrgicas en asépticos pabellones hospitalarios. En fin, los mecanismos médicos y científicos no se distancian de los mecanismos bélicos. Tácnica al servicio de una verdad que es necesario extraer conocer íntimamente: espionaje, cirugía, guerra y ciencia excavativa obedecen a una lógica bastante similar. ¿No es en virtud de la necesidad de conocer verdades ocultas que se han invadido últimamente algunos países? Y sin embargo es un discurso que enmascara otras metas.
Segundo ejemplo. Si bajo la presión de misiles y bisturís sucumben los objetos de la ciencia y de los estados ¿con qué métodos se extrae la verdad de las personas "comunes"? ¿Qué metas persigue esa extracción? Un fenómeno por todos conocido: el espectáculo. Entendido como representación de la vida de la sociedad, como simulación y, por tanto, como ejecución cuidada y planificada. Allí -se nos dice- aparece la verdad de los sujetos. En los reality aparecerán las verdaderas personalidades de los actores que son analizadas por expertos sociólogos: "es una rota", "un picante", "fue violada en la infancia". En el espectáculo aparece la verdad, la ficción es una puesta en escena de un discurso sobre la verdad. Algo similar con los talk shows también con personajes simulados sometidos al escrutinio de los Carcuros y de las Evas, van contando su íntima verdad de la cual dan crédito sus lágrimas, sus dolores y su exposición grosera de la vida privada, en definitiva, la caída de todos los misterios, la disolución de todos los secretos.
El ejemplo no est? alejado ni del campo b?lico ni del m?dico. La figura de quien que interroga desde una situaci?n de poder privilegiado con una estrategia vigilante y eficaz en la extracci?n de la verdad funciona tanto para el torturador como para el presentador. Igual forma quien provoca la histeria y el desmantelamiento de toda barrera psicológica para que el sujeto "cuente" la verdad escondida es similar en el psicoanalista como en las cuidadas polémicas faranduleras. Una misma estructura está de fondo: cuando se sufre hasta el dolor, aflora la verdad: "tengo piedras en la cabeza", dice el refrán holandés.
Tercer ejemplo: el sacrificio (ritual) de la imagen de una figura pública. Se recurre con frecuencia al mismo rito de degradación de un personaje. Un juez es sacado de ruta revelando al país su homosexualidad; otro es sacado de la carrera política de la Casa Blanca por una infidelidad. Se pueden enumerar cientos, todos los días se recurre a la revelación de un secreto íntimo para poner a una persona "fuera de juego". Se disuelve su fama, pero no del todo, en realidad desde ese momento se le conocerá únicamente por "aquello" (el pedófilo, el cura degenerado, el satánico, el ladrón, el violador, etc.). El rito se encarga de sacar a la superficie su verdad y colocarla como característica principal: es el juego del espectáculo: estudia, conoce, extrae esa oscura verdad peligrosa y a partir de ella construir un personaje para la representación. Se disuelve el individuo esta vez con la técnica de reducirlo a un enunciado simple, claro, inteligible, incuestionable, único, representable, atrayente ¿no es lo que nos han dicho siempre de la verdad?
¿Dije "dolor"?
Esto parece un proceso de dolor, sufrimiento y muerte. Pero no es así. Después de todo los tres ejemplos gozan de los más altas sintonías televisivas y los más altos financiamientos militares, científicos y médicos. ¿Es que es una cultura del dolor? Al contrario, el mismo mecanismo de extracción de la verdad opera para difundirse. Se autoreplica, se repite como reproducción warholiana. Complejos procesos históricos hacen que asociemos la verdad al placer o al bienestar, la extracción de la piedra de la locura a la salud mental (la lobotomía fue la cura de la locura). La verdad -se dice- es algo oculto que por su propio dinamismo estaría destinada a salir, la extracción es un proceso natural, el descarte de sus barreras sería un imperativo ético urgente que todos deberíamos sostener y realizar.
De esta forma se legitima un proceso de expansión, de difusión de una lógica naturalizada de un proceso histórico. Pero ¿expandirse para qué? ¿Cuál es el interés de este discurso de la verdad? ¿Qué tipo de relación intersubjetiva e intercultural se establece? Se trata de la disolución del otro. De instaurar una radical desconfianza en el otro. Sólo accedo a la verdad de lo que el otro es mediante su destrucción, dejo así de lado todo proceso asociativo, privando a los ciudadanos de sentirse confiados, seguros de otro. Se debilita ese necesario vínculo que permite creer en el otro. Después de todo quien está frente a mí es cualquier cosa, menos lo que aparece, pues queda reducido a una apariencia: el otro es un eclipse.
Sujetados así a una radical desconfianza del otro; dominados por una sociedad de la inseguridad; convencidos de que en el fondo de cada uno hay un secreto peligroso y amenazador; y paralizados por el miedo a todo, se hace creíble una nueva forma del dominación en servicio a una forma económica. Ésta se arraiga como promesa de extirpación definitiva de los miedos instaurados en la cultura y se narra como héroe liberador de terroristas y enfermizas amenazas.
Mike van Treek Nilsson / Louvain-la-Neuve / Julio 8 de 2005.

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