A propósito de la visita de una princesa
El blindaje del farsante
Vivo en un país orgulloso de su monarquía. Una princesa viene de visita a nuestro instituto de lenguas. La princesa es además, senadora por derecho propio. Se nos pide hacer preguntas para el evento. Nos interesamos en la vida de la familia real, en las actividades como senadora. Entre los alumnos, algunos deciden presentar un aspecto de cada país que destaque por su belleza, otros pocos deciden preguntar por la relación entre monarquía y democracia. Dicen que es un tema político, yo encuentro que es un tema que tiene relación con todos los otros. Ante todo, la democracia es algo bello de mi país; es además un tema que toca directamente la vida de la princesa: es senadora, un cargo en una institución claramente política; por último, la vida de la familia real se desarrolla dentro de una democracia.
Como era de esperar, nuestra pregunta es censurada por el comité. Se nos explica que no hay que poner preguntas difíciles desde el punto de vista político. Después de todo, es una princesa que ha llegado al senado no por sus cualidades políticas, sino por el adiestramiento histórico de las cortes y ahora también por la complicidad de la sociedad que se ensueña con una institución inaccesible. Si la princesa o alguien de la familia real emiten una opinión personal sobre un asunto político, puede ser considerado una injerencia inadecuada.
Esta situación me hace pensar en la relación entre autoritarismo y democracia; también en los discursos que sostienen prácticas enquistadas en la sociedad. Me vienen ideas que me ayudan a comprender este impasse desde mi horizonte, desde la vida política de Chile.
Mi idea no es nueva ni original. Pienso que la monarquía es un enclave autoritario. Cuando uno dice eso en un país donde hay monarquía "constitucional" te explican gentilmente que la monarquía no tiene ningún poder. Me río y a carcajadas. Es cierto que la "constitución democrática" no otorga poder de gobierno, pero eso siempre y cuando sigamos analizando el poder desde el punto de vista jurídico. Pero el poder es algo diferente, no es identificable con una persona, ni con una ley, el poder es lo que nos hace existir, constituirnos de cara a otros y a nosotros mismos, nadie existe como tal sin poder. Es la tesis de Michel Foucault. Se trata, por tanto, de un poder excéntrico, es decir, el poder no reside en un foco identificable, sino que es un sistema de flujos. En ese sistema de flujos tiene una importancia tremenda el poder que se ejerce desde y en los cuerpos por medio de la manipulación de la sexualidad, por una parte, y por medio de los discursos (que son algo más complejo que el "habla"), por otra.
Me propongo mostrar como en esta visita de le princesa se colocó en marcha un dispositivo de poder que instala un blindaje en torno a la princesa. Quiero mostrar como ese blindaje funciona y qué provoca. En seguida nos daremos cuenta que esa coraza existe en todas las culturas y es puesta en marcha por todas las instituciones. Al final me gustaría plantear un punto de vista personal de cómo ese blindaje debe ser penetrado y como ese dispositivo de poder puede ser desactivado y desmantelado.
El dispositivo
Antes de que la princesa visite nuestro centro de estudios, se nos explica que será necesario realizar una lista exhaustiva de las personas que asistirán al encuentro. Curiosamente, a parte de nuestro nombre, apellido y carrera, se nos pide identificarnos con nacionalidad y documento de identidad; información que ya se encuentra en la base de datos de la universidad. Estos dos últimos datos son los realmente importantes en el dispositivo. En un estado democrático y en paz, esos datos son solicitados únicamente por la policía o por los funcionarios públicos encargados de los registros de extranjeros. Lo importante en el acto no es la información que se solicita, sino en el poder solicitarla y en el hecho de hacer la pregunta. De hecho, la princesa se reúne todos los días a multitud de gente sin que sus identidades sean verificadas. Preguntar por la nacionalidad y el pasaporte no es una verdadera pregunta, es una declaración de separación; el establecimiento de una distancia. El dispositivo se monta sobre este primer pilar: el extranjero es un ser diferente, debe ser bien identificado. Ciertamente que la princesa no tiene miedo a los extranjeros, el dispositivo quiere, en una primera instancia, que los otros tengan miedo del corifeo que rodea a la princesa. El primer pilar del dispositivo, entonces, es instalar el miedo al otro, la desconfianza.
El segundo paso del aparato de blindaje es el control del habla. Sólo hay ciertas cosas que se pueden decir, ciertas preguntas que se pueden formular. En este caso, no podíamos preguntar sobre la política de su propio país, pero sí podíamos preguntar por sus acciones humanitarias: cruz roja, visitas a niños enfermos, visita a refugiados políticos, SIDA o por la colección de zapatos o vestidos que posee. También podíamos preguntar por sus viajes y por la vida cotidiana. Otra alternativa: presentarle nuestro propio país. El control del discurso es claro.
El tercer pilar es la escenificación de los personajes. Este sostén no puede funcionar sino sobre la base de los dos anteriores. Por medio del temor y de la distancia frente al otro, se establece una relación asimétrica: hay uno que controla y lo realiza por medio del temor. Aquel que se impone como vigilante de los otros construye un relato explicativo, una escena. En esa escena, el director -el que da la palabra- tiene dominio sobre el lenguaje: se habla en los términos que él propone. La escenificación queda completa con la caracterización moral de los personajes. Unos son los que se preocupan de asuntos humanitarios, incapaces por tanto de hacer daño. Los otros son los que se interesan a temas "potencialmente peligrosos" para la monarquía: en este caso el hablar sobre política interna o preguntar sobre la manera de ver la democracia en su propio país. Como se aprecia, la narración está lista para desarrollarse en los términos que el narrador quiere. Hay uno que narra, una trama definida por los temas, unos personajes que juegan su rol y un conflicto.
En esta narración, se desplaza un elemento del primer pilar. Como es bien parte de su naturaleza, el temor tiende a expandirse, a inundar otros sectores de las relaciones humanas. Se instala ahora como parte natural de la relación. La princesa teme al otro distinto y ese otro teme no respetar el sistema de blindaje instalado; se mantienen así ciertas distancias, pero son distancias basadas en el miedo y en el control, no en el respeto, por más que la pompa monárquica enmascare esas maneras en gestos de cortesía. En el fondo, son gestos propios de la relación entre esclavos y maestros.
La narración del blindaje
El carácter narrativo del dispositivo es innegable. El relato se desarrolla sumando eventos que indican claramente quién tiene el poder de dominar. Se establecen horarios, discursos, maneras de hablar, ensayos, visitas de agentes de seguridad - que curiosamente deslizan su temor a la cantidad de gente "de todos los países". Explicitan así su temor al otro distinto y reforzándose como objetos de temor para esos otros. Así afianza su carácter de narrador absoluto, puesto que todo el desarrollo de la trama depende de la voluntad del agente de seguridad. El recuerdo de quien es el que domina es propio de un mecanismo de blindaje de este tipo. En este momento, el narrador asume la talla de un pan-observador, de un vigía que controla desde su posición privilegiada, listo a tomar medidas en caso de disfunción en el relato.
La intensión del dispositivo es que cada uno se afiance en su rol. Cada cual tiene su papel que debe interpretarse correctamente. No se trata de una visión estructuralista de mi parte, por cuando el script que cada cual debe jugar no está definido solo por las relaciones, sino por los discursos y por los intereses de poder. Es una estructura narrativa creada, instalada, históricamente mutable y, lo más interesante, desmontable.
Por supuesto que el dispositivo instalado en torno a la princesa no funciona por sí solo. Es importante en la medida que forma parte de un sistema de dispositivos tendientes a implantar una forma concreta de intersubjetividad.
Más evidente aún es que el dispositivo no tiene que ver con nosotros los extranjeros, sino que somos una mínima pieza dentro del mecanismo.
La red de dispositivos está orientada a la misma sociedad donde se desenvuelve. El objetivo es mantener una serie de discursos legitimadores de relaciones de desigualdad. El gran dispositivo de poder no busca sino estratificar, asignar y ordenar. En el horizonte no veo solo un "modo de ser del poder". Lo que veo es una administración eficiente de la felicidad y del placer. El conjunto sistémico de dispositivos estratifica social y económicamente asignándoles además, grados de bienestar, maneras de comportamiento sexual y una serie de otros elementos que se organizan más o menos rígidamente tomando en consideración el status, el género y la edad. Sólo basta recorrer esos elementos al desplazarse por la estratificación social en la que viven la mayoría de los países europeos; inmediatamente se constata que está lejos de ser una sociedad con igualdad de oportunidades.
La farsa de la princesa
La vida privada de una princesa no interesa sino a aquellos que están plenamente introducidos en el sistema del dispositivo. En efecto, una de las fuerzas de legitimación más energética es la fascinación o la espectacularidad de la mise en scène de la realeza. En la medida que son personajes de un relato del dispositivo parecieran quedar fuera de la crítica y de la opinión razonable y razonada. Eso parece sugerir que la vida de las personas de la realeza no aparezca en la arena pública sino bajo el alero de las revistas de espectáculo. Su nivel de diálogo no es sino la cultura del espectáculo; delicia de los paparazzi están ausentes de la discusión política. Puede ser que de vez en cuando aparezcan con un rol respecto a la unidad nacional o a grandes valores morales de la nación, pero son incapaces de zanjar un asunto por medio de la discusión, es el recurso a su autoridad moral lo que entra en juego en ese momento.
La figura de la princesa es un símbolo del entretenimiento y de encanto, pero eso mismo la constituye un delicado aparato de inhibición del discurso crítico. Ese aparato funciona al interior de una nación gracias a la fuerza sinecdótica de su papel: el payaso vuelve un circo cualquier escena donde éste aparezca. En este caso, por contigüidad, convierte en espectáculo su actividad de senadora humanitaria. De esa forma, preocupadas todas ellas de actividades de paternalismo social, convierten las luchas de justicia de los pueblos en tareas insulsas, privadas de espesor histórico. La princesa se ocupa del SIDA, de los pobres y de la cruz roja, pero no de proponer leyes que afecten los problemas en su nivel estructural. Puede visitar hospitales, pero jamás comprometerse al lobby contra las patentes exclusivas de las farmacéuticas; puede visitar centros de refugiados políticos, pero jamás reconocer la deuda histórica que tiene con sus antiguas colonias; puede visitar niños reventados por minas antipersonales, pero jamás proponer cerrar las industrias de armas que funcionan bajo empresas que alzan la bandera de su país.
Al analizar de cerca el dispositivo de la princesa, uno puede percibir que no es exclusivo de los países que conservan sus tradiciones monárquicas. Dispositivos de poder y de control están instalados en todas las sociedades. En Chile, recuérdese el "boinazo": un gesto que fue un dispositivo bastante semejante desde el punto de vista estructural: miedo, travestismo y control.
Desmantelar, desactivar
Si hay poder, hay lucha; el poder no es un equilibrio quieto. Es una lucha inestable que requiere de estrategias. Es evidente que esas estrategias están coordinadas. No me interesa hacer filosofía política, me interesa señalar el contrapeso al autoritarismo.
Se trata de un relato que legitima la estratificación, la segregación de la población y la asignación de cuotas de felicidad y de placer. Pero también el entrenamiento de destrezas necesarias para poder cumplir los roles asignados por el script. A mi modo de ver, dos estrategias son interesantes de considerar, sin ninguna pretensión de exclusividad, claro está.
En primer lugar, la desarticulación del relato bajo la misma forma de relato por medio de la sátira. No el humor de la comedia del espectáculo, sino la desarticulación de la trama mediante la construcción de narrativas que logren cambiar el punto de vista de lectura. La sátira es por ello un instrumento peligroso y el sátiro provoca escozor porque se apodera del relato de dominación para transformarlo en relato de goce compartido.
La segunda estrategia es la fiesta popular, ligada al relato mítico de sentido. Tal vez la fiesta es otra forma de reescritura del relato, pero recupera una dimensión profundamente controlada en el relato de dominación: el cuerpo. En los relatos de dominación, el cuerpo es una monada, encerrado en sí mismo por el temor al encuentro, se convierte en el punto más importante del self. En la fiesta, por el contrario, el cuerpo se convierte en puente de relación y se integra al contacto sensual que es la ruptura del miedo al otro. Tal vez por el relato y por la fiesta, dos componentes de la cultura o de las maneras latinas y africanas, que es en esos continentes donde el post-colonialismo ha tomado fuerza de disciplina crítica y, al mismo tiempo, el neocolonialismo ha sido más crudamente reimplantado, esta vez, no por la monarquía, sino por un tipo de modelo de mercado extremadamente virulento.
Mike van Treek / Noviembre 30 / Louvain-la-Neuve.

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