Risus Pascalis

28 febrero 2006

Yo soy la bestia

J�f aime les b?tes

Yo amo las bestias: alguna vez pens? ser de la raza de MAIAKOWSKI o al menos de la clase de ARTAUD o un primo menor de RIMBAUD con suerte uno de los nietos lejanos de GONZALO ROJAS el amigo que nunca tuvo LIRA porque s?lo entre las bestias que hablan me siento bien:

bestias que sonr?en bonito mostrando sus dientes y desconsolado que dejan el desastre con un sabor inquietante a vida

es que soy una bestia rabiosa
que vomita espuma por la oreja
con manchas en todo el cuerpo
que se retuerce en la cama
que se envuelve en las s?banas
y se golpea la cabeza contra el muro
que se levanta temprano
para escribir las l?neas del fracaso

soy una bestia que debi? ser asesinada en tiempos de cacer?a una ballena arponeada en el costado que a?lla llorando la luna cuando lea l?nea de la vida se pone curva me encamino hacia lo que termina ahora sin pena ni miedo/ sin rabia ni deseo/ sin plata ni trabajo/ sin pan y libertad/ sin nada de nada seguro de que la canci?n �eque se mueran los feos�f es el himno patrio porque nunca estuve de carrete desenfrenado en el Liguria ni vote por la Bachelet en enero del 2006 porque soy una bestia amo a las otras bestias pintadas por Bosh o por Brueghel las bestias que pueblan los libros de Pasolini o los filmes clase b que ve?amos en las noches de la adolescencia

pero por sobretodo amo las bestias
que enrabiadasno dicen nada ni nada menos
las m?s terribles
las m?s tristes y violentas
las m?s m?as

(tito)

Esa idiota verdad

Esa idiota verdad
La repetición incansable
Hay un modo de relacionarse que es parte de la estructura interna de occidente y de los occidentales. Incluso de nosotros, latinoamericanos no occidentales dominados.

Se trata del gusto por la verdad. Por todas las instituciones encontramos el discurso de la verdad. Se trata de un tesoro cuidadosamente oculto, subterráneo y todos jugamos a encontrarlo, usando tácnicas y tecnologías de extracción escrupulosamente preparadas, construidas y ensayadas. Usamos procedimientos, discursos, modelos, herramientas esmeradamente afiladas para penetrar en las capas que envuelven el secreto. A toda costa debe ser develado, desenterrado. Hemos construido una arqueología de la verdad que se expresa en todo el sistema de saber. No sólo la ciencia del laboratorio o del análisis social, sino también la metafísica, la educación, las personas; en fin, un ejército de artefactos dispuestos a la extirpación de la verdad, al desarraigo; y por el contrario, a la supresión del error, a la eliminación de las distorsiones, a la segregación de los elementos desviados. Ese es el propósito de todo discurso, el anhelo de las instituciones, la meta emprendida en occidente hace ya algunos siglos.
Digo que no sólo la ciencia -esa del laboratorio- está empeñada en el hito de la verdad; sino que toda institución ha construido su propio discurso de verdad a tal nivel que se ha fijado como plan estratégico e incluso como norte ético. La escuela es templo del saber, dice la frase cliché que sirve para grabar en las conciencias de los alumnos el código de la búsqueda de la verdad. En la escuela esa verdad no sólo se aprende en el discurso del erudito sino sobre todo en el juego de relaciones de poder. La figura del "director" no es únicamente quien dirige la escuela, sino también quien, en última instancia, interroga e interpreta la verdad de la indisciplina. La figura del "inspector" es su instrumento. Él se encarga al final, de contorsionar al alumno mediante la instauración de un mecanismo de miedo y delación. En mi colegio aprendíamos con el inspector que ante la extracción de la verdad de un delito no importa ni la amistad ni la lealtad; ellas debían rendirse frente a los mecanismos excavativos de la verdad. Lentamente nos volvíamos todos bien enemigos o bien cómplices en la oscuridad del error.
Allá en la escuela transmite la cultura su script inteligente, su robot reproductivo, su lógica paleontológica que actúa destruyendo lo que parezca opacar la verdad, su búsqueda o su simulación. La verdad -se aprende así- está al margen de todas sus relaciones. Se la trata como una isla, sin contexto, sin matices, sin oscuridades, sin misterios, sin variabilidades. La salida del sistema educacional comporta dos tipos: unos expertos en la tecnología de la extracción de la verdad y otros prontos a la dicción de la verdad. Entre ellos una relación de dominación y de poder. Relación que se reproducirá incansablemente en las otras instituciones, en los otros planos de la vida social.


El miedo a caer
Hay un aprendizaje que realizar en la vida. Aprender a caer. Hacerle frente al error como algo cotidiano, humano; incluso no separado de la verdad. Volverse amante del ensayo, de la exploración caótica de las periferias de los modelos de verdad aprendidos. ¿Por qué se hace difícil esa exploración no arqueológica, no extractiva de la vida? Supongo que hemos llegado a detestar el error y ante todo estorba el secreto, irrita el misterio, impacienta el enigma y fascina lo esotérico como forma final (y no menos paradójica) de victoria sobre lo oculto. En todo caso, hay algo más propio del funcionamiento de la verdad en los términos de desvelamiento arqueológico. Se trata del miedo, del terror con que se asocia con la extracción de la verdad.
Entre los tropos simbólicos que implantan la relación verdad-terror está la piedra de la locura. Varias pinturas holandesas del siglo XVII muestran un médico trepanando la frente de un hombre vivo, supuestamente loco, con el fin de extraer la "verdad" de su locura: una piedra implantada en su cerebro; una monja y un sacerdote completan a veces la composición del cuadro. Muchos críticos de arte interpretan esos cuadros como un sarcasmo a la ignorancia de la época. Pero también puede perfectamente representar la actitud occidental de la búsqueda de la verdad. Ese es el paradigma de la búsqueda arqueológica de la verdad, la destrucción del individuo para lograr conocerlo: análisis, disección, desaparición de los que son sometidos a las presiones de los instrumentos cortantes del conocimiento.
Primer ejemplo: el cometa Temple. Hace pocos días las agencias espaciales realizaron un procedimiento experimental que les permitirá el acceso a la verdad de la formación del universo. Si uno coloca en una serie los elementos del experimento aparecen cosas interesantes: un misil se lanza desde la tierra para penetrar en el corazón del cometa; pero no se puede penetrar en él sin antes destruirlo por completo. El misil ha sido construido de cobre, material cuidadosamente extirpado de la tierra; pero no se puede extraer sin destruir y penetrar la tierra. La desintegración del cometa la hemos visto en tiempo real mediante cámaras estratégicamente dispuestas; observatorios calculadamente situados; instrumentos prolijamente calibrados: todas herramientas que ya habíamos visto en los esmerados y precisos bombardeos británico-americanos en la guerra del golfo, en Afganistán y en Irak pero que también vemos en las no menos dirigidas intervenciones quirúrgicas en asépticos pabellones hospitalarios. En fin, los mecanismos médicos y científicos no se distancian de los mecanismos bélicos. Tácnica al servicio de una verdad que es necesario extraer conocer íntimamente: espionaje, cirugía, guerra y ciencia excavativa obedecen a una lógica bastante similar. ¿No es en virtud de la necesidad de conocer verdades ocultas que se han invadido últimamente algunos países? Y sin embargo es un discurso que enmascara otras metas.
Segundo ejemplo. Si bajo la presión de misiles y bisturís sucumben los objetos de la ciencia y de los estados ¿con qué métodos se extrae la verdad de las personas "comunes"? ¿Qué metas persigue esa extracción? Un fenómeno por todos conocido: el espectáculo. Entendido como representación de la vida de la sociedad, como simulación y, por tanto, como ejecución cuidada y planificada. Allí -se nos dice- aparece la verdad de los sujetos. En los reality aparecerán las verdaderas personalidades de los actores que son analizadas por expertos sociólogos: "es una rota", "un picante", "fue violada en la infancia". En el espectáculo aparece la verdad, la ficción es una puesta en escena de un discurso sobre la verdad. Algo similar con los talk shows también con personajes simulados sometidos al escrutinio de los Carcuros y de las Evas, van contando su íntima verdad de la cual dan crédito sus lágrimas, sus dolores y su exposición grosera de la vida privada, en definitiva, la caída de todos los misterios, la disolución de todos los secretos.
El ejemplo no est? alejado ni del campo b?lico ni del m?dico. La figura de quien que interroga desde una situaci?n de poder privilegiado con una estrategia vigilante y eficaz en la extracci?n de la verdad funciona tanto para el torturador como para el presentador. Igual forma quien provoca la histeria y el desmantelamiento de toda barrera psicológica para que el sujeto "cuente" la verdad escondida es similar en el psicoanalista como en las cuidadas polémicas faranduleras. Una misma estructura está de fondo: cuando se sufre hasta el dolor, aflora la verdad: "tengo piedras en la cabeza", dice el refrán holandés.
Tercer ejemplo: el sacrificio (ritual) de la imagen de una figura pública. Se recurre con frecuencia al mismo rito de degradación de un personaje. Un juez es sacado de ruta revelando al país su homosexualidad; otro es sacado de la carrera política de la Casa Blanca por una infidelidad. Se pueden enumerar cientos, todos los días se recurre a la revelación de un secreto íntimo para poner a una persona "fuera de juego". Se disuelve su fama, pero no del todo, en realidad desde ese momento se le conocerá únicamente por "aquello" (el pedófilo, el cura degenerado, el satánico, el ladrón, el violador, etc.). El rito se encarga de sacar a la superficie su verdad y colocarla como característica principal: es el juego del espectáculo: estudia, conoce, extrae esa oscura verdad peligrosa y a partir de ella construir un personaje para la representación. Se disuelve el individuo esta vez con la técnica de reducirlo a un enunciado simple, claro, inteligible, incuestionable, único, representable, atrayente ¿no es lo que nos han dicho siempre de la verdad?

¿Dije "dolor"?
Esto parece un proceso de dolor, sufrimiento y muerte. Pero no es así. Después de todo los tres ejemplos gozan de los más altas sintonías televisivas y los más altos financiamientos militares, científicos y médicos. ¿Es que es una cultura del dolor? Al contrario, el mismo mecanismo de extracción de la verdad opera para difundirse. Se autoreplica, se repite como reproducción warholiana. Complejos procesos históricos hacen que asociemos la verdad al placer o al bienestar, la extracción de la piedra de la locura a la salud mental (la lobotomía fue la cura de la locura). La verdad -se dice- es algo oculto que por su propio dinamismo estaría destinada a salir, la extracción es un proceso natural, el descarte de sus barreras sería un imperativo ético urgente que todos deberíamos sostener y realizar.
De esta forma se legitima un proceso de expansión, de difusión de una lógica naturalizada de un proceso histórico. Pero ¿expandirse para qué? ¿Cuál es el interés de este discurso de la verdad? ¿Qué tipo de relación intersubjetiva e intercultural se establece? Se trata de la disolución del otro. De instaurar una radical desconfianza en el otro. Sólo accedo a la verdad de lo que el otro es mediante su destrucción, dejo así de lado todo proceso asociativo, privando a los ciudadanos de sentirse confiados, seguros de otro. Se debilita ese necesario vínculo que permite creer en el otro. Después de todo quien está frente a mí es cualquier cosa, menos lo que aparece, pues queda reducido a una apariencia: el otro es un eclipse.
Sujetados así a una radical desconfianza del otro; dominados por una sociedad de la inseguridad; convencidos de que en el fondo de cada uno hay un secreto peligroso y amenazador; y paralizados por el miedo a todo, se hace creíble una nueva forma del dominación en servicio a una forma económica. Ésta se arraiga como promesa de extirpación definitiva de los miedos instaurados en la cultura y se narra como héroe liberador de terroristas y enfermizas amenazas.

Mike van Treek Nilsson / Louvain-la-Neuve / Julio 8 de 2005.


A propósito de la visita de una princesa

El blindaje del farsante
Vivo en un país orgulloso de su monarquía. Una princesa viene de visita a nuestro instituto de lenguas. La princesa es además, senadora por derecho propio. Se nos pide hacer preguntas para el evento. Nos interesamos en la vida de la familia real, en las actividades como senadora. Entre los alumnos, algunos deciden presentar un aspecto de cada país que destaque por su belleza, otros pocos deciden preguntar por la relación entre monarquía y democracia. Dicen que es un tema político, yo encuentro que es un tema que tiene relación con todos los otros. Ante todo, la democracia es algo bello de mi país; es además un tema que toca directamente la vida de la princesa: es senadora, un cargo en una institución claramente política; por último, la vida de la familia real se desarrolla dentro de una democracia.

Como era de esperar, nuestra pregunta es censurada por el comité. Se nos explica que no hay que poner preguntas difíciles desde el punto de vista político. Después de todo, es una princesa que ha llegado al senado no por sus cualidades políticas, sino por el adiestramiento histórico de las cortes y ahora también por la complicidad de la sociedad que se ensueña con una institución inaccesible. Si la princesa o alguien de la familia real emiten una opinión personal sobre un asunto político, puede ser considerado una injerencia inadecuada.

Esta situación me hace pensar en la relación entre autoritarismo y democracia; también en los discursos que sostienen prácticas enquistadas en la sociedad. Me vienen ideas que me ayudan a comprender este impasse desde mi horizonte, desde la vida política de Chile.

Mi idea no es nueva ni original. Pienso que la monarquía es un enclave autoritario. Cuando uno dice eso en un país donde hay monarquía "constitucional" te explican gentilmente que la monarquía no tiene ningún poder. Me río y a carcajadas. Es cierto que la "constitución democrática" no otorga poder de gobierno, pero eso siempre y cuando sigamos analizando el poder desde el punto de vista jurídico. Pero el poder es algo diferente, no es identificable con una persona, ni con una ley, el poder es lo que nos hace existir, constituirnos de cara a otros y a nosotros mismos, nadie existe como tal sin poder. Es la tesis de Michel Foucault. Se trata, por tanto, de un poder excéntrico, es decir, el poder no reside en un foco identificable, sino que es un sistema de flujos. En ese sistema de flujos tiene una importancia tremenda el poder que se ejerce desde y en los cuerpos por medio de la manipulación de la sexualidad, por una parte, y por medio de los discursos (que son algo más complejo que el "habla"), por otra.

Me propongo mostrar como en esta visita de le princesa se colocó en marcha un dispositivo de poder que instala un blindaje en torno a la princesa. Quiero mostrar como ese blindaje funciona y qué provoca. En seguida nos daremos cuenta que esa coraza existe en todas las culturas y es puesta en marcha por todas las instituciones. Al final me gustaría plantear un punto de vista personal de cómo ese blindaje debe ser penetrado y como ese dispositivo de poder puede ser desactivado y desmantelado.



El dispositivo
Antes de que la princesa visite nuestro centro de estudios, se nos explica que será necesario realizar una lista exhaustiva de las personas que asistirán al encuentro. Curiosamente, a parte de nuestro nombre, apellido y carrera, se nos pide identificarnos con nacionalidad y documento de identidad; información que ya se encuentra en la base de datos de la universidad. Estos dos últimos datos son los realmente importantes en el dispositivo. En un estado democrático y en paz, esos datos son solicitados únicamente por la policía o por los funcionarios públicos encargados de los registros de extranjeros. Lo importante en el acto no es la información que se solicita, sino en el poder solicitarla y en el hecho de hacer la pregunta. De hecho, la princesa se reúne todos los días a multitud de gente sin que sus identidades sean verificadas. Preguntar por la nacionalidad y el pasaporte no es una verdadera pregunta, es una declaración de separación; el establecimiento de una distancia. El dispositivo se monta sobre este primer pilar: el extranjero es un ser diferente, debe ser bien identificado. Ciertamente que la princesa no tiene miedo a los extranjeros, el dispositivo quiere, en una primera instancia, que los otros tengan miedo del corifeo que rodea a la princesa. El primer pilar del dispositivo, entonces, es instalar el miedo al otro, la desconfianza.

El segundo paso del aparato de blindaje es el control del habla. Sólo hay ciertas cosas que se pueden decir, ciertas preguntas que se pueden formular. En este caso, no podíamos preguntar sobre la política de su propio país, pero sí podíamos preguntar por sus acciones humanitarias: cruz roja, visitas a niños enfermos, visita a refugiados políticos, SIDA o por la colección de zapatos o vestidos que posee. También podíamos preguntar por sus viajes y por la vida cotidiana. Otra alternativa: presentarle nuestro propio país. El control del discurso es claro.

El tercer pilar es la escenificación de los personajes. Este sostén no puede funcionar sino sobre la base de los dos anteriores. Por medio del temor y de la distancia frente al otro, se establece una relación asimétrica: hay uno que controla y lo realiza por medio del temor. Aquel que se impone como vigilante de los otros construye un relato explicativo, una escena. En esa escena, el director -el que da la palabra- tiene dominio sobre el lenguaje: se habla en los términos que él propone. La escenificación queda completa con la caracterización moral de los personajes. Unos son los que se preocupan de asuntos humanitarios, incapaces por tanto de hacer daño. Los otros son los que se interesan a temas "potencialmente peligrosos" para la monarquía: en este caso el hablar sobre política interna o preguntar sobre la manera de ver la democracia en su propio país. Como se aprecia, la narración está lista para desarrollarse en los términos que el narrador quiere. Hay uno que narra, una trama definida por los temas, unos personajes que juegan su rol y un conflicto.

En esta narración, se desplaza un elemento del primer pilar. Como es bien parte de su naturaleza, el temor tiende a expandirse, a inundar otros sectores de las relaciones humanas. Se instala ahora como parte natural de la relación. La princesa teme al otro distinto y ese otro teme no respetar el sistema de blindaje instalado; se mantienen así ciertas distancias, pero son distancias basadas en el miedo y en el control, no en el respeto, por más que la pompa monárquica enmascare esas maneras en gestos de cortesía. En el fondo, son gestos propios de la relación entre esclavos y maestros.



La narración del blindaje
El carácter narrativo del dispositivo es innegable. El relato se desarrolla sumando eventos que indican claramente quién tiene el poder de dominar. Se establecen horarios, discursos, maneras de hablar, ensayos, visitas de agentes de seguridad - que curiosamente deslizan su temor a la cantidad de gente "de todos los países". Explicitan así su temor al otro distinto y reforzándose como objetos de temor para esos otros. Así afianza su carácter de narrador absoluto, puesto que todo el desarrollo de la trama depende de la voluntad del agente de seguridad. El recuerdo de quien es el que domina es propio de un mecanismo de blindaje de este tipo. En este momento, el narrador asume la talla de un pan-observador, de un vigía que controla desde su posición privilegiada, listo a tomar medidas en caso de disfunción en el relato.

La intensión del dispositivo es que cada uno se afiance en su rol. Cada cual tiene su papel que debe interpretarse correctamente. No se trata de una visión estructuralista de mi parte, por cuando el script que cada cual debe jugar no está definido solo por las relaciones, sino por los discursos y por los intereses de poder. Es una estructura narrativa creada, instalada, históricamente mutable y, lo más interesante, desmontable.

Por supuesto que el dispositivo instalado en torno a la princesa no funciona por sí solo. Es importante en la medida que forma parte de un sistema de dispositivos tendientes a implantar una forma concreta de intersubjetividad.

Más evidente aún es que el dispositivo no tiene que ver con nosotros los extranjeros, sino que somos una mínima pieza dentro del mecanismo.

La red de dispositivos está orientada a la misma sociedad donde se desenvuelve. El objetivo es mantener una serie de discursos legitimadores de relaciones de desigualdad. El gran dispositivo de poder no busca sino estratificar, asignar y ordenar. En el horizonte no veo solo un "modo de ser del poder". Lo que veo es una administración eficiente de la felicidad y del placer. El conjunto sistémico de dispositivos estratifica social y económicamente asignándoles además, grados de bienestar, maneras de comportamiento sexual y una serie de otros elementos que se organizan más o menos rígidamente tomando en consideración el status, el género y la edad. Sólo basta recorrer esos elementos al desplazarse por la estratificación social en la que viven la mayoría de los países europeos; inmediatamente se constata que está lejos de ser una sociedad con igualdad de oportunidades.



La farsa de la princesa
La vida privada de una princesa no interesa sino a aquellos que están plenamente introducidos en el sistema del dispositivo. En efecto, una de las fuerzas de legitimación más energética es la fascinación o la espectacularidad de la mise en scène de la realeza. En la medida que son personajes de un relato del dispositivo parecieran quedar fuera de la crítica y de la opinión razonable y razonada. Eso parece sugerir que la vida de las personas de la realeza no aparezca en la arena pública sino bajo el alero de las revistas de espectáculo. Su nivel de diálogo no es sino la cultura del espectáculo; delicia de los paparazzi están ausentes de la discusión política. Puede ser que de vez en cuando aparezcan con un rol respecto a la unidad nacional o a grandes valores morales de la nación, pero son incapaces de zanjar un asunto por medio de la discusión, es el recurso a su autoridad moral lo que entra en juego en ese momento.

La figura de la princesa es un símbolo del entretenimiento y de encanto, pero eso mismo la constituye un delicado aparato de inhibición del discurso crítico. Ese aparato funciona al interior de una nación gracias a la fuerza sinecdótica de su papel: el payaso vuelve un circo cualquier escena donde éste aparezca. En este caso, por contigüidad, convierte en espectáculo su actividad de senadora humanitaria. De esa forma, preocupadas todas ellas de actividades de paternalismo social, convierten las luchas de justicia de los pueblos en tareas insulsas, privadas de espesor histórico. La princesa se ocupa del SIDA, de los pobres y de la cruz roja, pero no de proponer leyes que afecten los problemas en su nivel estructural. Puede visitar hospitales, pero jamás comprometerse al lobby contra las patentes exclusivas de las farmacéuticas; puede visitar centros de refugiados políticos, pero jamás reconocer la deuda histórica que tiene con sus antiguas colonias; puede visitar niños reventados por minas antipersonales, pero jamás proponer cerrar las industrias de armas que funcionan bajo empresas que alzan la bandera de su país.

Al analizar de cerca el dispositivo de la princesa, uno puede percibir que no es exclusivo de los países que conservan sus tradiciones monárquicas. Dispositivos de poder y de control están instalados en todas las sociedades. En Chile, recuérdese el "boinazo": un gesto que fue un dispositivo bastante semejante desde el punto de vista estructural: miedo, travestismo y control.


Desmantelar, desactivar
Si hay poder, hay lucha; el poder no es un equilibrio quieto. Es una lucha inestable que requiere de estrategias. Es evidente que esas estrategias están coordinadas. No me interesa hacer filosofía política, me interesa señalar el contrapeso al autoritarismo.

Se trata de un relato que legitima la estratificación, la segregación de la población y la asignación de cuotas de felicidad y de placer. Pero también el entrenamiento de destrezas necesarias para poder cumplir los roles asignados por el script. A mi modo de ver, dos estrategias son interesantes de considerar, sin ninguna pretensión de exclusividad, claro está.

En primer lugar, la desarticulación del relato bajo la misma forma de relato por medio de la sátira. No el humor de la comedia del espectáculo, sino la desarticulación de la trama mediante la construcción de narrativas que logren cambiar el punto de vista de lectura. La sátira es por ello un instrumento peligroso y el sátiro provoca escozor porque se apodera del relato de dominación para transformarlo en relato de goce compartido.

La segunda estrategia es la fiesta popular, ligada al relato mítico de sentido. Tal vez la fiesta es otra forma de reescritura del relato, pero recupera una dimensión profundamente controlada en el relato de dominación: el cuerpo. En los relatos de dominación, el cuerpo es una monada, encerrado en sí mismo por el temor al encuentro, se convierte en el punto más importante del self. En la fiesta, por el contrario, el cuerpo se convierte en puente de relación y se integra al contacto sensual que es la ruptura del miedo al otro. Tal vez por el relato y por la fiesta, dos componentes de la cultura o de las maneras latinas y africanas, que es en esos continentes donde el post-colonialismo ha tomado fuerza de disciplina crítica y, al mismo tiempo, el neocolonialismo ha sido más crudamente reimplantado, esta vez, no por la monarquía, sino por un tipo de modelo de mercado extremadamente virulento.



Mike van Treek / Noviembre 30 / Louvain-la-Neuve.